Rabietas: el castigo NO es la solución.

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Con frecuencia, los seres humanos transformamos en ira nuestros sentimientos primarios de preocupación, fatiga, culpa, decepción, rechazo, injusticia, choque, incertidumbre o confusión. Rara vez se presenta el enfado en primer término. Éste suele ser el sentimiento que sigue a otro. Es fundamental comprender que detrás del enfado de un niño (que generalmente va asociado a una conducta negativa), siempre hay otro sentimiento que tenemos que no siempre se ve.

Lo mismo sucede, por ejemplo, con los celos, que esconden generalmente sentimientos de estar en desventaja, de ser menos que el otro.

ACCIÓN —————- ENFADO, IRA, CELOS—————— SENTIMIENTO PRIMARIO

La expresión de la ira puede tener distintos grados. Uno de ellos, el grado máximo, es la rabieta. Se ha escrito mucho sobre este tema, y cada profesional tiene un enfoque particular sobre cómo actuar en estos momentos. 

Para mi, una cosa es clara: una pataleta jamás debería ser una batalla que uno de los dos tiene que ganar a toda costa. 

Aunque las rabietas generalmente vengan motivadas por hechos que pueden llegar a ser hasta incongruentes (las famosas pataletas de galleta o yogur), los padres tenemos que tener muy claro que una rabieta es la expresión de la frustración más extrema. Lo que la rabieta de nuestro hijo nos está diciendo es:

“He perdido todo el control sobre mis emociones y sobre mi mismo, los sentimientos negativos se han apoderado de mi y soy incapaz de manejarlos”

Si en esos momentos castigamos a nuestro hijo, de la forma que sea (mandándole a su habitación, pegándole un bofetón, amenazándole con retirarle un privilegio) estamos generando tal cantidad de sentimientos negativos nuevos, que difícilmente supondrán una enseñanza positiva para él.

Un ejemplo: María se encuentra en plena rabieta. Está totalmente desbordada por una situación que no puede manejar (está cansada y tiene hambre, pero su propio cansancio le impide decidir qué quiere comer. Por un lado quiere ser mayor y decidir por sí misma, pero por otro, no se encuentra capaz de hacerlo. Esto genera en ella unos sentimientos muy intensos de frustración que, unidos al cansancio, la desbordan. En el preciso momento en que se siente así de desbordada, recibe una marcada regañina, acompañada de insultos, quejas y un “vete a tu cuarto”.

Así que inmediatamente, se generan en ella una serie de nuevos sentimientos que se suman a los que ya tenía:

– se siente dolida por la regañina.

– Frustrada por no ser comprendida.

– Resentida por la falta de ayuda de sus padres.

– Incapaz de devolver la agresión que ha recibido.

– Temerosa de recibir más castigos.

Resultado: más sentimientos negativos que antes.

Es posible que el castigo haya detenido su rabieta, pero lo ha hecho por miedo. Los sentimientos que ese castigo han generado, permanecen dentro de la niña. Quizá ahora no puedan expresarse, pero lo harán más adelante, de diferentes formas (o de la misma). 

Por este motivo, ante una rabieta, el castigo, tenga la forma que tenga, es una medida inaceptable. Quizá eficaz a corto plazo pero totalmente ineficaz como medida educativa. 

La forma más útil de manejar las rabietas es cualquiera que incluya en su forma:

La comprensión de los sentimientos profundos del niño.

El acompañamiento, bien sea permaneciendo a su lado, bien sea estando disponibles.

El recibimiento, cuando el niño ha sido capaz de sobreponerse y acude a nuestros brazos en busca de consuelo.

La información, por parte de los padres, de los límites que poco a poco deberá interiorizar nuestro hijo para poder expresar esos sentimientos: 

a)con ciertas personas: aquellas que sean capaces de comprender empáticamente lo que está sucediendo.

b)en ciertos momentos:

c)en ciertos lugares: la privacidad de la familia o de las personas más allegadas.

Y además… 

– Recordar nuestros cambios: quizá nosotros ya no nos acordamos de esos dos años, de ese momento en que dejamos de ser bebés para ser niños, pero seguro que todos podemos recordar el momento en que dejamos de ser niñas/os para ser mujercitas (u hombrecitos), o el momento en que dejamos de ser hombres y mujeres para convertirnos en hombres-padres y mujeres-mamás. Algo quedó atrás entonces, algo perdimos en la transformación pero todo ello nos hizo mejores. ¿Quién no recuerda ese sentimiento de nostalgia infinita por aquello que no volverá? ¿Quién no se ha sentido solo y perdido, sobrecogido al experimentar nuevas experiencias? ¿Excitado y confuso al estrenar aspectos de uno mismo (el yo universitario, el yo trabajador, el yo novio/a )? ¿Quién no ha llorado amargamente por aquello que un día fué y celebrado después aquello que es? 

Si tenemos en cuenta estos sentimientos podremos estar más cerca del corazón de nuestros niños.

– Contener sus emociones: en esta etapa los límites son fundamentales. Pero no hay que confundir límites con limitaciones. Los límites dan seguridad y permiten crecer con un marco de referencia, mientras que las limitaciones generan una pobre autoestima y falta de confianza en uno mismo. El secreto está en fomentar y permitir en lo posible la independencia, la toma de decisiones y la expresión de sus emociones… al tiempo que se le muestra a nuestro hijo (delicada pero firmemente) dónde se encuentran el tono emocional y de conducta que le permitirán crecer mejor y en armonía consigo mismo y su entorno (es decir, intentar mostrarle qué conductas y manejos afectivos le resultarán más útiles para desenvolverse en la vida y llegar a ser felices). Esta tarea es quizá la más difícil de esta etapa, pues la coherencia, el consenso en la pareja y la tranquilidad y convicción en lo que uno hace son fundamentales para que el niño interiorice bien el mensaje.

– Poner palabras a sus sentimientos y momentos de crisis: contarle cuentos, ponernos a nosotros como ejemplo (cuando yo era pequeño como tu..) o hablar directamente y sin tapujos de lo que pensamos que les está sucediendo.

– Reforzar la unión de la pareja: Las crisis de los hijos suelen serlo también de los padres, de modo que es posible que una crisis de la pareja también se derive de estos años. Los diferentes puntos de vista en cuanto a la puesta de límites, las diferentes herramientas personales de cada miembro de la pareja para abordar las rabietas y diferentes estados de ánimo de los pequeños, etc, suelen ser motivo de conflictos que o bien se hablan y resuelven, o bien “se quedan ahí” impidiendo indirectamente que nuestros hijos perciban el clima de armonía que necesitan para madurar en esta etapa.

– Tener la certeza de que lo superarán. Confiar en la capacidad de nuestros hijos para superar los obstáculos (en vez de quedarnos anclados en su sufrimiento) y hacérselo saber es un motor para su autoestima.

Violeta Alcocer.