Veinte minutos a su lado


Un niño que se acuesta cuando realmente necesita no tarda más de veinte minutos en dormirse.
Hablemos de todo lo que sucede o puede suceder en esos veinte minutos acompañados.
Por ejemplo, nuestros hijos pequeños viven sometidos a una gran cantidad de estimulación durante el día, la mayor parte de ella es estimulación visual. De hecho, a partir de mediados del siglo XV la humanidad tuvo a su disposición uno de los inventos más revolucionarios para la transmisión de la información y el conocimiento: la imprenta. Gracias a ella, los signos gráficos tomaron el poder absoluto de la comunicación de masas y se popularizó la transmisión de información mediante medios visuales.
Desde entonces y hasta hoy , hemos sumado muchas más herramientas para contribuir a una mejor y más rápida destilación de la ingente cantidad de información y datos que manejamos diariamente las personas para desenvolvernos en nuestras culturas modernas.
Luces de neon, televisión, rótulos, semáforos, libros, periódicos, videojuegos, emails, cartelería digital y no digital, señales de tráfico, de wc, videoclips y un largo etcétera.
Nuestros hijos no son inmunes a esta estimulación.
De hecho, resulta hasta difícil establecer un cierto filtro para protegerles de ciertos contenidos visuales, de los cientos que nos rodean constantemente, porque realmente lo que antes era una función meramente paterna o tribal, humana en cualquier caso (ser los principales transmisores de información y educadores de los niños) ahora se ha convertido en una función también electrónica, mecánica y urbanística.
En esto coincidimos casi todos los profesionales que trabajamos con o por la infancia: nuestros niños viven sobreestimulados, permanentemente expuestos a la luz del conocimiento.

Pero así como todo día tiene su noche, toda luz tiene su oscuridad. Y el momento de irse a dormir posee unas peculiaridades que lo hace único para convertirse en uno de los momentos de mayor y mejor conexión con los pequeños. En primer lugar, es un momento en el que la estimulación visual da paso a la estimulación auditiva.
Bajo la suave luz de una vela o una lamparita, la voz de un padre o una madre son como un bálsamo que acaricia los oidos. Bajo el predominio de lo auditivo, la información que se recoge concede prioridad a la palabra, a la lógica del discurso, a la evocación de lo escuchado. Se estimula la imaginación, se ejercita la atención, la escucha activa y la espera.
Al contrario de lo que sucede con la información visual (que tenemos disponible toda de golpe y de forma caótica y masiva), la palabra paterna y en penumbra organiza un discurso que fluye como un hilo de seda hasta los oídos del niño que escucha.
Se abren, entonces, todos los canales, todos los poros, todos los procesos implicados en el “estar con el otro” y , gracias a ello, podemos compartir lo que no hemos podido compartir durante el día. Caricias, susurros, olores, respiración, palabras, una mano.. La tibieza del niño, su energía, su dejarse ir hacia el mundo del sueño.
Podemos comentar lo que fue el día, contar un cuento que sea la puerta de entrada hacia los mejores sueños o murmurar una melodía que nos hable de cuando vivíamos bajo el arrullo del vientre materno.
En la noche, como los búhos, somos unos testigos de excepción. Es el momento en que se suceden las pequeñas (o las grandes) confesiones, el momento en que, acompasando nuestra respiración con la del niño, podemos dedicar un rato a la relajación.
Es el momento de la recogida de ese barquito que ha navegado sólo durante todo el día y ahora llega a puerto con las velas izadas y dispuesto a anclarse en nuestros brazos, un ratito más juntos antes de que el cansancio pueda con todo.

Violeta Alcocer.
Pintura: Francesca Escobar