¿Juzgamos o ayudamos?

 

Cuando somos padres, pasamos a desempeñar una serie de funciones para nuestros hijos, algunas fundamentales, otras más accesorias. La suma de esas funciones es lo que podríamos llamar parentalidad, o estilo parental: la manera en la que conformamos nuestros vínculos y nuestras relaciones, nuestros estilos, nuestras respuestas y nuestras demandas.
Ese tejido relacional es en parte resultado de procesos inconscientes pero, por otro lado, también es el resultado de nuestras elecciones conscientes y personales como padres. De hecho, podemos –y debemos- reflexionar y escoger qué lugar queremos ocupar respecto a nuestros hijos en desarrollo.
Una de las encrucijadas más fundamentales es la que nos encontramos a la hora de guiar a los pequeños en sus conductas: parece que lo que tenemos más a mano es la actitud de juicio, una respuesta bipolar en la que valoramos si lo que nuestros pequeños hicieron está bien o está mal, haciéndoselo saber de alguna manera.
En nuestro juicio obviamente influyen nuestras historias personales y nuestra subjetividad: lo que esperamos y cómo lo esperamos. Les vamos haciendo saber, con nuestras valoraciones, si sus conductas se ajustan a nuestro ideal de comportamiento o si, por el contrario, se alejan del mismo.
¿Pero qué ocurre si vamos un poco más allá? Entiendo que más allá de la función del juicio está la función de ayudar a nuestros hijos a resolver sus problemas y a tomar decisiones adecuadas. De hecho, esta última función parece más noble y tiene un sentido que trasciende al juicio: sería la diferencia entre darle un pescado al hambriento o enseñarle a pescar.
Como padres, nos interesa cultivar la función de ayudar por encima de la de juzgar por diversos motivos. Uno de ellos es porque pronto –antes de lo que pensamos- llegará el momento en el que nuestros hijos sean libres para decidir con quién quieren vincularse. Y en ese momento de sus vidas, cuando cometan un error o estén en problemas, les vendrá bien saber que por encima de juzgarles, vamos a ayudarles.
Violeta Alcocer.
Ilustración: Jessie Willcox Smith.