La lactancia y el capital

 

Soy pro-lactancia. Hay muchas formas de serlo, al igual que hay muchas formas de ser madre, padre, médico o maestro. De hecho, lo que da significado a una palabra, (por ejemplo esta: pro-lactancia), es lo que esta palabra representa para el que la utiliza para definirse, o describirse.
Así, prolactancia  (al igual que pro-aborto, o pro-crianzaconapego, o pro-partonatural) no son más que entidades lingüísticas que andan por ahí llenas de significados (algunos incluso contradictorios entre sí, otros se solapan, otros se complementan) para que cualquiera coja y las utilice con más o menos sentido.
Así, desde mi punto de vista, no se trata tanto de dar teta o no a nivel particular (que es una opción llena de matices) sino que va más allá. Para mi, defender la lactancia es una cuestión de cultura y de opciones. Y paso a explicarme:
Empecemos por el agua: estamos tan acostumbrados a que el agua que bebemos sea bien la del grifo, bien la de una botella.. que nos hemos olvidado del origen de la misma, que es el manantial. De hecho, si le preguntas a un niño de dónde viene el agua, el pequeño te dirá que viene del grifo (o si le preguntas que de dónde viene el pollo o la lechuga, te dirá que del supermercado). Si a ese niño nadie le muestra o le informa de lo que es un manantial, o  una gallina viva en un corral o una huerta, crecerá pensando que el origen de aquello que le alimenta es el equivocado (o cuando menos, un origen parcial), y crecerá convencido de que su alimento (o su bebida) procesado ya no sólo es más sano que el original, sino que directamente desconocerá que existe algo mejor o diferente a aquello que consume.
Esta pérdida paulatina de conocimiento respecto al origen de aquello que necesitamos para vivir tiene que ver con el desarrollo de las sociedades industrializadas, sumado a la necesidad de mediar entre “el origen” o la fuente de los recursos naturales y los consumidores a abastecer, que somos muchos. Es decir, como no podemos ir todos a la huerta o al corral a por nuestros pollos y nuestras lechugas, tenemos que crear un sistema que asegure, de alguna manera, la correcta gestión de esos recursos para que “haya para todos” y “nos llegue a todos”. Hasta aquí todo bien.
Pero he aquí que tanto los poseedores de esos recursos como los intermediarios que se encargan de hacérnoslos llegar, incurren en una serie de gastos en el proceso de producción y distribución y, por tanto, cobran por ello. Y como hay muchos, compiten unos contra otros para ser los “elegidos” por la masa. A esto se le llama capitalismo y libre mercado. Sé que no os estoy contando nada nuevo, pero creo que es importante refrescar la memoria porque, todo esto, tiene mucho que ver con lo que quiero explicar.
La cuestión es que la leche materna entra dentro del grupo de alimentos básicos, de los que los seres humanos no nos podemos permitir el lujo de carecer.
Pero a diferencia de lo que sucede con otros alimentos (cuya producción podemos más o menos controlar para satisfacer la demanda masiva), la leche materna no es susceptible de ser recogida o almacenada para su conservación a gran escala. Primero porque las mujeres no tenemos en nuestros planes ser ordeñadas como las vacas y segundo porque la magia de la leche materna es que, precisamente, su composición, textura, sabor, temperatura y nutrientes se fabrican en el cuerpo materno exactamente para alimentar de forma única al hijo de la poseedora de esa teta, en ese momento dado. Es decir, que es un producto altamente especializado, hecho en el momento, de acuerdo a las necesidades del bebé en cuestión (su edad, peso, sistema inmunológico, época del año, hora del día..) y, por tanto, resulta imposible (al menos de momento) reproducir sus características en un laboratorio y ser producido y conservado “para todos”. 
Por eso, gracias a la creación de sucedáneos ( productos lácteos derivados de las proteínas de la leche de las vacas, que sí se dejan ordeñar), tenemos a nuestra disposición leches artificiales, lejanamente parecidas a la materna pero lo suficientemente buenas como para poder alimentar a aquellos bebés que por los motivos que fuesen, no tienen una teta cerca.
Insisto en que, hasta aquí, no veo nada malo en el hecho de que haya un sistema que nos permita tener acceso al agua, las gallinas, las lechugas o los derivados lácteos para bebés.
Sin embargo…. En algún momento de la historia (o quizá desde el principio), algo pasó con los intermediarios. Algo pasó con ese grupo de ciudadanos (que se organizaron en grupos de trabajo, las llamadas empresas) responsables de obtener, gestionar y hacer llegar al resto esos recursos y alimentos de los que estamos hablando: y es que se dieron cuenta de que cuanto más atractiva fuera su lechuga, su gallina, su agua o su sucedáneo lácteo, más personas lo comprarían y por tanto más dinero tendrían ellos para acceder a esos mismos recursos (loco, ¿verdad?).
Y entonces, conocedores como eran y son de la psique humana y su funcionamiento a la hora de tomar decisiones, decidieron maquillar sus productos. Y nacieron la publicidad y el márketing. Al pollo lo trocearon, lo mezclaron con otras sustancias que no son pollo, le inventaron un envase de color amarillo y con un plástico brillante que le hacía parecer  limpio, fresco y jugoso.. y le llamaron “Nuggets de Pollo Sabrosón” para que sólo con nombrarlo cualquiera empezase a salivar. A la lechuga le aplicaron varios productos químicos para borrar cualquier vestigio de tierra o insectos de la tierra en la que fue cultivada, la metieron en un camión para que terminara de madurar en el camino, la cortaron en trocitos junto con otros vegetales (que no son lechuga), la envasaron también (en este caso en una bandeja verde) y la llamaron “Mezcla de Lechuga Fresh”, y al sucedáneo de leche materna (fabricado íntegramente en un laboratorio) lo metieron en una lata y en vez de llamarlo lo que es (sucedáneo alimenticio para lactantes, fabricado con proteínas de leche de vaca), lo llamaron “Leche para bebés, Fórmula Mejorada”. Incluso además de venderlo en el supermercado, lo comercializaron en la farmacia, para darle al asunto más seriedad… y lo envolvieron todo con unos eslóganes estupendos (“igual que la de mamá”) que eran y son mentira, pero que mucha gente se creyó.
Asi, la mayoría de los consumidores, por inercia (y por cierta ingenua confianza) compraron y seguimos comprando estos productos, y otros muchos, sin apenas cuestionarnos  en qué se parecen ese pollo, esa lechuga o esa leche a sus  originales… y qué calidad se ha perdido en el camino.
No entraré en este post a calibrar las consecuencias y el impacto que tiene la producción incontralada y la explotación ilimitada e insostenible de recursos, porque eso da para mucho más.
Pero la cuestión es que pasa el tiempo y algo se va instalando en la cultura colectiva respecto a la alimentación: se instala el olvido. Así, cuando alguien ve una lechuga recién sacada de la tierra piensa “qué mala pinta tiene”, o cuando alguien ve un pollo desguazado y colgado de un gancho en una carnicería de barrio piensa “cuánta sangre tiene eso”, o cuando alguien ve una mujer sacar la teta y amamantar a su bebé dice “pero dele un biberón, señora, que estamos en un sitio público y esto es el siglo XXI”.
Lo cierto es que no podemos escapar a muchas de las cosas que hemos hecho para intentar “vivir mejor”. Por ejemplo, ahora mismo es prácticamente imposible beber agua “directamente del manantial”, salvo que vivas a pocos metros del mismo. No nos queda más remedio que pagar por el agua que bebemos. También es realmente difícil, si vives en una ciudad, tener en casa animales como gallinas, por no hablar de un huerto. Pero insisto: me parece estupendo cenar unos “Nuggets” con “Ensalada Fresh”.. siempre y cuando sepamos qué es lo que son realmente estos alimentos y sea nuestra decisión personal e informada el comerlos en un momento dado o dárselos a nuestros hijos. Lo que ya no me parece tan bien es que los compremos y los consumamos y se los demos a nuestros hijos creyendo realmente que eso es pollo, lechuga y leche materna.
Lo que me preocupa de este olvido, amén de la pérdida de la cultura de la alimentación en general, es la pérdida paulatina de la cultura de la lactancia, en particular.
Lo que me preocupa del hecho de que las mujeres no dispongamos más que de nuestras tetas y nuestras voces para reivindicar nuestro producto es que, lamentablemente, las empresas que compiten con nuestra leche, están mejor organizadas, tienen más recursos económicos y, por tanto, pueden venderse mejor y también comprar –si, comprar, con dinero contante y sonante- la opinión y el consejo de aquellos (medios de comunicación, instituciones, pediatras, etc..) que supuestamente deberían velar para que no se perdiera uno de los pocos recursos alimenticios que nos quedan que son perfectos, gratuitos y están al alcance de todos los seres humanos del planeta, sin necesidad de mejoras o intermediarios…. porque, señoras y señores, las madres llevamos el MANANTIAL DE LECHE puesto.
Así, cada vez que digo que soy pro-lactancia, no me refiero a que rechace expresamente a las madres que no amamantan (repito que me merecen el mismo respeto que las que sí lo hacen, porque así lo han elegido), sino que lo que no quiero tolerar es el hecho de que la leche materna sea objeto de una competencia feroz por parte de la industria alimentaria, con el triste objetivo de beneficiar a las empresas de derivados lácteos y con el riesgo que implica este triste olvido para la salud de nuestros hijos: que llegue un momento en el que no podamos decidir, porque no tendremos los conocimientos necesarios y porque, peor aún, la opción de amamantar a nuestros hijos, sea injustamente criticada, ridiculizada, obstaculizada y censurada, como resultado de la creencia generalizada de que existe una opción en el mercado igual de buena, cuando no mejor.
En parte, ese momento ya ha llegado. Y si no, haceos esta sencilla pregunta: ¿Por qué a mucha gente le parece más natural y aceptable ver a un bebé succionar un biberón que la teta de su madre en la calle?.
Pero aún así, pese a todo, muchas de nosotras todavía podemos decidir. Decidir si alimentamos a nuestros hijos al pecho o no y durante cuánto tiempo. Y tomar nuestra decisión sin que ello represente la renuncia expresa ni la crítica manifiesta a la opción restante. Esto significa que sabemos que la leche materna es, simplemente, lo mejor para un bebé. Pero que también queremos disponer de alternativas, para cuando lo necesitemos u optemos a ellas por decisión personal.
En resumen, que no se trata de dar o no dar teta, se trata de no dejarnos engullir por los errores de un sistema que, pese a haber sido creado entre todos, y con la voluntad de ayudarnos a todos, es paradójicamente cruel y voraz consigo mismo. Se trata de no olvidarnos de que tanto como la conservación de nuestros bosques, nuestros animales, nuestros cultivos, nuestros mares y nuestros ríos, es importante la conservación de una de las culturas claves para la salud física y mental de nuestros hijos, que es la cultura de la lactancia, una cultura en la que, desde mi punto de vista, entramos todas las mujeres.
Imagen: Gustav Klimt.