¿Juzgamos o ayudamos?

 

Cuando somos padres, pasamos a desempeñar una serie de funciones para nuestros hijos, algunas fundamentales, otras más accesorias. La suma de esas funciones es lo que podríamos llamar parentalidad, o estilo parental: la manera en la que conformamos nuestros vínculos y nuestras relaciones, nuestros estilos, nuestras respuestas y nuestras demandas.
Ese tejido relacional es en parte resultado de procesos inconscientes pero, por otro lado, también es el resultado de nuestras elecciones conscientes y personales como padres. De hecho, podemos –y debemos- reflexionar y escoger qué lugar queremos ocupar respecto a nuestros hijos en desarrollo.
Una de las encrucijadas más fundamentales es la que nos encontramos a la hora de guiar a los pequeños en sus conductas: parece que lo que tenemos más a mano es la actitud de juicio, una respuesta bipolar en la que valoramos si lo que nuestros pequeños hicieron está bien o está mal, haciéndoselo saber de alguna manera.
En nuestro juicio obviamente influyen nuestras historias personales y nuestra subjetividad: lo que esperamos y cómo lo esperamos. Les vamos haciendo saber, con nuestras valoraciones, si sus conductas se ajustan a nuestro ideal de comportamiento o si, por el contrario, se alejan del mismo.
¿Pero qué ocurre si vamos un poco más allá? Entiendo que más allá de la función del juicio está la función de ayudar a nuestros hijos a resolver sus problemas y a tomar decisiones adecuadas. De hecho, esta última función parece más noble y tiene un sentido que trasciende al juicio: sería la diferencia entre darle un pescado al hambriento o enseñarle a pescar.
Como padres, nos interesa cultivar la función de ayudar por encima de la de juzgar por diversos motivos. Uno de ellos es porque pronto –antes de lo que pensamos- llegará el momento en el que nuestros hijos sean libres para decidir con quién quieren vincularse. Y en ese momento de sus vidas, cuando cometan un error o estén en problemas, les vendrá bien saber que por encima de juzgarles, vamos a ayudarles.
Violeta Alcocer.
Ilustración: Jessie Willcox Smith.

El castigo como perpetuador de un modelo social.

 

La educación basada en el castigo propone un modelo de funcionamiento cuyo eje es evitar las conductas “inadecuadas” del niño.  Este modelo se operativiza de forma muy práctica aplicando unas sencillas técnicas de modificación de conducta, de las cuales las más conocidas son el reforzamiento positivo, la extinción y el castigo.
Su funcionamiento es fácil: se listan las conductas del pequeño como deseables o indeseables y se diseña un programa basado en la aplicación sistematica de las técnicas anteriormente descritas.


Según B.F.Skinner (el padre del condicionamiento operante):

El reforzamiento positivo consiste en la aplicación de un refuerzo positivo (estímulo agradable para el niño) cada vez que se emite una conducta deseable. Esto aumenta la probabilidad de ocurrencia de esa conducta.
La extinción consiste en la no aplicación de refuerzo alguno tras la emisión de una conducta. Esto disminuye la probabilidad de ocurrencia de esa conducta.
El castigo tiene dos formas: la aplicación de un estímulo aversivo tras la emisión de una conducta (castigado a copiar cien veces en la pizarra tal o cual frase) o bien la retirada de un refuerzo positivo tras la emisión de una conducta (hoy te quedas sin recreo).
Realmente el castigo inhibe la conducta indeseable temporalmente, pero no disminuye su probabilidad de ocurrencia a largo plazo; de hecho, los sujetos suelen desarrollar conductas alternativas a la impropia (por ejemplo, ocultación), destinadas a no ser descubiertos más que a no volver a hacer lo que motivó el castigo.
Estos datos deberían hacernos reflexionar sobre lo inapropiado del castigo como método educativo (de hecho, el mismo Skinner lo desaconsejaba por sus “efectos secundarios emocionales indeseables”).
Así que pensemos sobre ello: por un lado, los niños que “aprenden” por castigo no parecen interiorizar los verdaderos motivos por los que su conducta nos parece inapropiada, sino que más bien aprenden a “no ser castigados”. No hay, pues, ningún tipo de integración moral sobre sus actos (“no es correcto robar las cosas a los compañeros”), ni introspección crítica de ningún tipo (“quizá debería haberme puesto en el lugar de los demás”) , salvo la incorporación de una pobre imagen de sí mismo (“soy un niño malo”) que, más que ayudar, contribuye a perpetuar acciones coherentes con esta autodescripción.
Por otro lado y ya como parte de una reflexión más profunda, me parece indispensable que nos preguntemos cuál es el mensaje que trasladamos a nuestros hijos cuando les castigamos.
El mensaje es que lo impropio, lo inadmisible, lo censurable y a evitar a toda costa, es equivocarse o “hacer las cosas mal”.
Así, cuando un niño “hace algo mal”, toda la respuesta paterna se centra en que “no lo vuelva a hacer”, concluyendo la intervención cuando eso sucede.
Crecer convencidos de que el error es algo a evitar a toda costa es algo muy afín a nuestro sistema educativo, económico y social: un sistema orientado al logro y la productividad sin fin. Un sistema en el que la valía de las personas y las sociedades se mide por sus aciertos y en el que se ignora sistemáticamente (y a menudo se olvida) toda la información contenida en sus errores.
¿Acaso no es precisamente ésta, la información que nos proporcionan los errores, la que más fielmente puede retratar a una persona (y a una sociedad)?
Pero vamos más allá. Resulta que los niños, por su propia condición de personas en desarrollo, se equivocan a menudo: hacen las cosas mal.  Así, cualquier propuesta educativa que centre toda su atención en eliminar este hecho tiene, en el fondo, una muy pobre noción de lo que es un niño en desarrollo.
La alternativa a los castigos existe: se trata de educar cambiando el enfoque.
En primer lugar, se trata de comprender y aceptar que lo normal es equivocarse y que el error es algo que puede y debe tolerarse dentro del proceso educativo (esto no significa que lo deseable no sea que cada vez haya un mejor ajuste, sino que entendemos que los errores forman parte de ese proceso de ajuste). Esta visión, además, nos evitará muchos enfados (aunque no todos): los adultos comprobaremos que no siempre es necesario enfadarse para enseñar  y nuestros hijos, que no siempre es necesario sufrir para aprender.
En segundo lugar, se trata de observar y recoger los errores de nuestros hijos como valiosa fuente de información para todos: un error puede indicar que nuestro nivel de exigencia es demasiado alto o demasiado bajo, que el pequeño atraviesa por un momento difícil, que le preocupan determinadas cosas que no puede expresar de otra manera, etc..
En tercer lugar, en vez de cebarnos con el error (haciéndolo pagar como meta final), se trata de centrarnos en sus posibilidades de resolución: qué puede hacer nuestro hijo para resolver sus equivocaciones, para terminar algo que empezó regular, para mejorar en un futuro.  Esto solo se puede hacer mediante un acto de introspección y autocrítica positiva (confiando o en su caso descubriendo qué herramientas tiene el pequeño para mejorar lo presente), tanto de nuestro hijo como de nosotros mismos, como integrantes de una dinámica en la que funcionamos como acompañantes y catalizadores de su desarrollo.
Lo que conseguimos con este cambio de enfoque es que nuestros hijos no solo experimenten y aprendan que todas las acciones tienen sus consecuencias (algo a todas luces necesario), sino que más allá, conseguimos que aprendan que las equivocaciones en la vida son naturales y fuente de importantes aprendizajes.  El crecimiento, pues, viene desde dentro. El cambio es interno, no impuesto desde afuera.
El objetivo no es ser perfectos ni tratar de parecerlo: es asumir nuestros errores como algo natural y esforzarnos por mejorar.
El cambio social empieza por un cambio individual, de valores a todos los niveles y sobre todo educativos. Pienso que es nuestra responsabilidad educar a nuestros hijos de acuerdo a modelos que sean coherentes con un sistema que tenga más en cuenta a las personas.
Este puede ser un camino.
Violeta Alcocer.
Ilustración: Walther Sorg.

La lactancia y el capital

 

Soy pro-lactancia. Hay muchas formas de serlo, al igual que hay muchas formas de ser madre, padre, médico o maestro. De hecho, lo que da significado a una palabra, (por ejemplo esta: pro-lactancia), es lo que esta palabra representa para el que la utiliza para definirse, o describirse.
Así, prolactancia  (al igual que pro-aborto, o pro-crianzaconapego, o pro-partonatural) no son más que entidades lingüísticas que andan por ahí llenas de significados (algunos incluso contradictorios entre sí, otros se solapan, otros se complementan) para que cualquiera coja y las utilice con más o menos sentido.
Así, desde mi punto de vista, no se trata tanto de dar teta o no a nivel particular (que es una opción llena de matices) sino que va más allá. Para mi, defender la lactancia es una cuestión de cultura y de opciones. Y paso a explicarme:
Empecemos por el agua: estamos tan acostumbrados a que el agua que bebemos sea bien la del grifo, bien la de una botella.. que nos hemos olvidado del origen de la misma, que es el manantial. De hecho, si le preguntas a un niño de dónde viene el agua, el pequeño te dirá que viene del grifo (o si le preguntas que de dónde viene el pollo o la lechuga, te dirá que del supermercado). Si a ese niño nadie le muestra o le informa de lo que es un manantial, o  una gallina viva en un corral o una huerta, crecerá pensando que el origen de aquello que le alimenta es el equivocado (o cuando menos, un origen parcial), y crecerá convencido de que su alimento (o su bebida) procesado ya no sólo es más sano que el original, sino que directamente desconocerá que existe algo mejor o diferente a aquello que consume.
Esta pérdida paulatina de conocimiento respecto al origen de aquello que necesitamos para vivir tiene que ver con el desarrollo de las sociedades industrializadas, sumado a la necesidad de mediar entre “el origen” o la fuente de los recursos naturales y los consumidores a abastecer, que somos muchos. Es decir, como no podemos ir todos a la huerta o al corral a por nuestros pollos y nuestras lechugas, tenemos que crear un sistema que asegure, de alguna manera, la correcta gestión de esos recursos para que “haya para todos” y “nos llegue a todos”. Hasta aquí todo bien.
Pero he aquí que tanto los poseedores de esos recursos como los intermediarios que se encargan de hacérnoslos llegar, incurren en una serie de gastos en el proceso de producción y distribución y, por tanto, cobran por ello. Y como hay muchos, compiten unos contra otros para ser los “elegidos” por la masa. A esto se le llama capitalismo y libre mercado. Sé que no os estoy contando nada nuevo, pero creo que es importante refrescar la memoria porque, todo esto, tiene mucho que ver con lo que quiero explicar.
La cuestión es que la leche materna entra dentro del grupo de alimentos básicos, de los que los seres humanos no nos podemos permitir el lujo de carecer.
Pero a diferencia de lo que sucede con otros alimentos (cuya producción podemos más o menos controlar para satisfacer la demanda masiva), la leche materna no es susceptible de ser recogida o almacenada para su conservación a gran escala. Primero porque las mujeres no tenemos en nuestros planes ser ordeñadas como las vacas y segundo porque la magia de la leche materna es que, precisamente, su composición, textura, sabor, temperatura y nutrientes se fabrican en el cuerpo materno exactamente para alimentar de forma única al hijo de la poseedora de esa teta, en ese momento dado. Es decir, que es un producto altamente especializado, hecho en el momento, de acuerdo a las necesidades del bebé en cuestión (su edad, peso, sistema inmunológico, época del año, hora del día..) y, por tanto, resulta imposible (al menos de momento) reproducir sus características en un laboratorio y ser producido y conservado “para todos”. 
Por eso, gracias a la creación de sucedáneos ( productos lácteos derivados de las proteínas de la leche de las vacas, que sí se dejan ordeñar), tenemos a nuestra disposición leches artificiales, lejanamente parecidas a la materna pero lo suficientemente buenas como para poder alimentar a aquellos bebés que por los motivos que fuesen, no tienen una teta cerca.
Insisto en que, hasta aquí, no veo nada malo en el hecho de que haya un sistema que nos permita tener acceso al agua, las gallinas, las lechugas o los derivados lácteos para bebés.
Sin embargo…. En algún momento de la historia (o quizá desde el principio), algo pasó con los intermediarios. Algo pasó con ese grupo de ciudadanos (que se organizaron en grupos de trabajo, las llamadas empresas) responsables de obtener, gestionar y hacer llegar al resto esos recursos y alimentos de los que estamos hablando: y es que se dieron cuenta de que cuanto más atractiva fuera su lechuga, su gallina, su agua o su sucedáneo lácteo, más personas lo comprarían y por tanto más dinero tendrían ellos para acceder a esos mismos recursos (loco, ¿verdad?).
Y entonces, conocedores como eran y son de la psique humana y su funcionamiento a la hora de tomar decisiones, decidieron maquillar sus productos. Y nacieron la publicidad y el márketing. Al pollo lo trocearon, lo mezclaron con otras sustancias que no son pollo, le inventaron un envase de color amarillo y con un plástico brillante que le hacía parecer  limpio, fresco y jugoso.. y le llamaron “Nuggets de Pollo Sabrosón” para que sólo con nombrarlo cualquiera empezase a salivar. A la lechuga le aplicaron varios productos químicos para borrar cualquier vestigio de tierra o insectos de la tierra en la que fue cultivada, la metieron en un camión para que terminara de madurar en el camino, la cortaron en trocitos junto con otros vegetales (que no son lechuga), la envasaron también (en este caso en una bandeja verde) y la llamaron “Mezcla de Lechuga Fresh”, y al sucedáneo de leche materna (fabricado íntegramente en un laboratorio) lo metieron en una lata y en vez de llamarlo lo que es (sucedáneo alimenticio para lactantes, fabricado con proteínas de leche de vaca), lo llamaron “Leche para bebés, Fórmula Mejorada”. Incluso además de venderlo en el supermercado, lo comercializaron en la farmacia, para darle al asunto más seriedad… y lo envolvieron todo con unos eslóganes estupendos (“igual que la de mamá”) que eran y son mentira, pero que mucha gente se creyó.
Asi, la mayoría de los consumidores, por inercia (y por cierta ingenua confianza) compraron y seguimos comprando estos productos, y otros muchos, sin apenas cuestionarnos  en qué se parecen ese pollo, esa lechuga o esa leche a sus  originales… y qué calidad se ha perdido en el camino.
No entraré en este post a calibrar las consecuencias y el impacto que tiene la producción incontralada y la explotación ilimitada e insostenible de recursos, porque eso da para mucho más.
Pero la cuestión es que pasa el tiempo y algo se va instalando en la cultura colectiva respecto a la alimentación: se instala el olvido. Así, cuando alguien ve una lechuga recién sacada de la tierra piensa “qué mala pinta tiene”, o cuando alguien ve un pollo desguazado y colgado de un gancho en una carnicería de barrio piensa “cuánta sangre tiene eso”, o cuando alguien ve una mujer sacar la teta y amamantar a su bebé dice “pero dele un biberón, señora, que estamos en un sitio público y esto es el siglo XXI”.
Lo cierto es que no podemos escapar a muchas de las cosas que hemos hecho para intentar “vivir mejor”. Por ejemplo, ahora mismo es prácticamente imposible beber agua “directamente del manantial”, salvo que vivas a pocos metros del mismo. No nos queda más remedio que pagar por el agua que bebemos. También es realmente difícil, si vives en una ciudad, tener en casa animales como gallinas, por no hablar de un huerto. Pero insisto: me parece estupendo cenar unos “Nuggets” con “Ensalada Fresh”.. siempre y cuando sepamos qué es lo que son realmente estos alimentos y sea nuestra decisión personal e informada el comerlos en un momento dado o dárselos a nuestros hijos. Lo que ya no me parece tan bien es que los compremos y los consumamos y se los demos a nuestros hijos creyendo realmente que eso es pollo, lechuga y leche materna.
Lo que me preocupa de este olvido, amén de la pérdida de la cultura de la alimentación en general, es la pérdida paulatina de la cultura de la lactancia, en particular.
Lo que me preocupa del hecho de que las mujeres no dispongamos más que de nuestras tetas y nuestras voces para reivindicar nuestro producto es que, lamentablemente, las empresas que compiten con nuestra leche, están mejor organizadas, tienen más recursos económicos y, por tanto, pueden venderse mejor y también comprar –si, comprar, con dinero contante y sonante- la opinión y el consejo de aquellos (medios de comunicación, instituciones, pediatras, etc..) que supuestamente deberían velar para que no se perdiera uno de los pocos recursos alimenticios que nos quedan que son perfectos, gratuitos y están al alcance de todos los seres humanos del planeta, sin necesidad de mejoras o intermediarios…. porque, señoras y señores, las madres llevamos el MANANTIAL DE LECHE puesto.
Así, cada vez que digo que soy pro-lactancia, no me refiero a que rechace expresamente a las madres que no amamantan (repito que me merecen el mismo respeto que las que sí lo hacen, porque así lo han elegido), sino que lo que no quiero tolerar es el hecho de que la leche materna sea objeto de una competencia feroz por parte de la industria alimentaria, con el triste objetivo de beneficiar a las empresas de derivados lácteos y con el riesgo que implica este triste olvido para la salud de nuestros hijos: que llegue un momento en el que no podamos decidir, porque no tendremos los conocimientos necesarios y porque, peor aún, la opción de amamantar a nuestros hijos, sea injustamente criticada, ridiculizada, obstaculizada y censurada, como resultado de la creencia generalizada de que existe una opción en el mercado igual de buena, cuando no mejor.
En parte, ese momento ya ha llegado. Y si no, haceos esta sencilla pregunta: ¿Por qué a mucha gente le parece más natural y aceptable ver a un bebé succionar un biberón que la teta de su madre en la calle?.
Pero aún así, pese a todo, muchas de nosotras todavía podemos decidir. Decidir si alimentamos a nuestros hijos al pecho o no y durante cuánto tiempo. Y tomar nuestra decisión sin que ello represente la renuncia expresa ni la crítica manifiesta a la opción restante. Esto significa que sabemos que la leche materna es, simplemente, lo mejor para un bebé. Pero que también queremos disponer de alternativas, para cuando lo necesitemos u optemos a ellas por decisión personal.
En resumen, que no se trata de dar o no dar teta, se trata de no dejarnos engullir por los errores de un sistema que, pese a haber sido creado entre todos, y con la voluntad de ayudarnos a todos, es paradójicamente cruel y voraz consigo mismo. Se trata de no olvidarnos de que tanto como la conservación de nuestros bosques, nuestros animales, nuestros cultivos, nuestros mares y nuestros ríos, es importante la conservación de una de las culturas claves para la salud física y mental de nuestros hijos, que es la cultura de la lactancia, una cultura en la que, desde mi punto de vista, entramos todas las mujeres.
Imagen: Gustav Klimt.

Quiere más libertad..¿se la damos?

 

Hacerse mayor es algo que va acompañado de grandes dosis de deseo, interés y necesidad de independencia. Y así tiene que ser, porque sin esta motivación natural para ir conquistando cada día más sus espacios (“mamá, vamos a cerrar la puerta de mi cuarto para jugar mejor ¿vale?”), sus objetos (“yo me elijo los zapatos”) y sus relaciones (“no quiero ir a casa de la abuela”), no habría desarrollo posible.
Aún con todo, los niños crecen siempre en relación con los demás y con su entorno, por lo que también es natural que seamos sus padres los que valoremos cuándo es el mejor momento para ir “dándole hilo a la cometa” y a través de nuestras respuestas (“creo que todavía no es el momento para hacer esto” o “adelante, inténtalo tu solo”) , atender sus necesidades al tiempo que les guiamos de la mejor forma posible.
Comprender la importancia de la libertad en la vida del niño y la mejor manera de combinarla con unos límites adecuados, es el secreto de una buena educación.
Libertad para aprender.
Para aprender, hay que equivocarse. Y eso significa que no podemos pretender que los pequeños crezcan sin cometer errores, por lo que es importante que recapacitemos y pensemos si en casa vemos las equivocaciones de nuestros hijos como algo natural o como algo que hay que evitar o castigar.
Si nos encontramos en el último supuesto, es probable que estemos dejando poco margen de maniobras a nuestros hijos, es decir, que tengamos la tendencia a privarles de la libertad de hacer ciertas cosas por sí mismos, con el fin de que no se equivoquen (por ejemplo, no permitir que se peinen ellos solos o se laven la cabeza en la ducha-aunque luego nosotros revisemos-, que pasen una tarde en casa de su amiga…).
Sin embargo, si somos capaces de permitir que nuestros hijos vayan avanzando según sus deseos e intereses y  que experimenten las consecuencias naturales de sus “meteduras de pata”, podríamos decir que les estamos proporcionando unos márgenes (o límites) que estimulan su aprendizaje y su desarrollo (“venga, ponte tu los cereales en el plato, si se cae alguno fuera lo recoges y listo.”)
Límites, no limitaciones.
En ocasiones, negamos a nuestros hijos la posibilidad de hacer ciertas cosas por sí mismos porque no nos viene bien a nosotros. Las prisas para cumplir los horarios (muchos papás visten a sus hijos, ya mayorcitos, por las mañanas, porque si lo hicieran ellos no llegarían al cole), el temor de que se hagan daño, una excesiva preocupación por dirigir sus asuntos (por presiones académicas o del entorno), son actitudes habituales en los padres contemporáneos que, con afán de protección, sin darnos cuenta impedimos que se desarrolle esa autonomía que, por otro lado, sabemos que es tan deseable.
De hecho, esperamos que los pequeños hagan ciertas cosas de forma independiente (como dormirse o jugar solos) pero al mismo tiempo, les ponemos trabas cuando son ellos los que muestran cierta iniciativa (“quiero ponerme yo solo la pasta de dientes”, “déjame que le de yo al botón del ascensor”).
Por eso, es importante distinguir entre límites y limitaciones.
LIMITES
LIMITACIONES
Se proponen/ se negocian
Se imponen
El criterio está en función de las relaciones del niño con su entorno.
El criterio está en función de los intereses puntuales del adulto.
Incluyen un margen de acción más o menos amplio.
Impiden la acción.
Los errores se toleran como parte del proceso.
Los errores se castigan.
Salirse de ellos es decisión del niño, quien asume la responsabilidad y las consecuencias derivadas de sus actos.
Salirse de ellas es decisión del niño, pero las consecuencias suelen ser formas artificiales de hacer pagar al pequeño por su error.
Ejemplos
María lleva todo el verano pidiendo escoger su ropa. Hasta este momento, siempre había sido mamá la que preparaba la noche anterior todo lo del día siguiente (ropa, zapatos, mochila..), pero ahora todas las mañanas hay jaleo porque ésta nunca está de acuerdo con lo que mamá ha escogido.
Ante esta situación se puede negociar lo siguiente: para evitar las discusiones por la mañana, María puede escoger su ropa por la noche (y dejar de paso organizada la mochila y los zapatos) y mamá revisar que sus elecciones son adecuadas, dependiendo del sitio al que va a ir (colegio, campo, una fiesta..) y el clima. Si hay que hacer algún cambio, mamá se lo explicará a María (“estas botas de agua no son apropiadas para ir al colegio, porque no va a llover y con ellas no puedes correr en el patio y dan calor”) , para que ésta aprenda a escoger cada día mejor.
Carlos siempre está deseando estar entre los fogones y a la mínima está pidiendo ayudar en la cocina. A sus papás les parece que todavía es muy pequeño para hacer ciertas cosas como manejar cuchillos o estar cerca del fuego.
Los papás de Carlos deben explicarle que la cocina tiene ciertos peligros que todavía es pequeño para manejar, aunque eso no impide que, como cualquier buen cocinero, empiece desde ya su labor como “pinche”. Un buen delantal, un gorro y una mesita de trabajo lo suficientemente alejada del fuego son las condiciones ideales para que Carlos pueda ayudar: pelando, lavando, removiendo, desmenuzando, pesando y separando cantidades.. Eso si, ¡un buen pinche también tiene que ayudar a poner la mesa!
Nerea lleva todo el curso diciendo que no quiere ir a clases extraescolares. A principio de curso escogió con mucha ilusión aprender judo, pero luego se dio cuenta de que no le gustaba tanto como creía y aunque la abuela podría ocuparse de ella por las tardes, a sus papás les parece que hay que ser constantes en las decisiones y no quieren borrarla.
Es cierto que hay que intentar mantener cierta constancia con las rutinas, pero a estas edades muchas veces toman decisiones sin saber realmente lo que implican (Por ejemplo, aprender a tocar la guitarra como Bob Esponja, sin saber que para ello debe pasar muchas horas con el solfeo), por lo que, pasado un tiempo prudencial (“venga, aguanta unas semanas más, a ver si le coges el gustillo”), no pasa nada por admitir que “te equivocaste al pensar que judo te gustaría”. Es interesante analizar, eso si, qué es lo que no le ha gustado de la actividad , para que la experiencia sirva de aprendizaje para futuras elecciones.
Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright).
Ilustración: Cristina Ulloa.