Rabietas: el castigo NO es la solución.

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Con frecuencia, los seres humanos transformamos en ira nuestros sentimientos primarios de preocupación, fatiga, culpa, decepción, rechazo, injusticia, choque, incertidumbre o confusión. Rara vez se presenta el enfado en primer término. Éste suele ser el sentimiento que sigue a otro. Es fundamental comprender que detrás del enfado de un niño (que generalmente va asociado a una conducta negativa), siempre hay otro sentimiento que tenemos que no siempre se ve.

Lo mismo sucede, por ejemplo, con los celos, que esconden generalmente sentimientos de estar en desventaja, de ser menos que el otro.

ACCIÓN —————- ENFADO, IRA, CELOS—————— SENTIMIENTO PRIMARIO

La expresión de la ira puede tener distintos grados. Uno de ellos, el grado máximo, es la rabieta. Se ha escrito mucho sobre este tema, y cada profesional tiene un enfoque particular sobre cómo actuar en estos momentos. 

Para mi, una cosa es clara: una pataleta jamás debería ser una batalla que uno de los dos tiene que ganar a toda costa. 

Aunque las rabietas generalmente vengan motivadas por hechos que pueden llegar a ser hasta incongruentes (las famosas pataletas de galleta o yogur), los padres tenemos que tener muy claro que una rabieta es la expresión de la frustración más extrema. Lo que la rabieta de nuestro hijo nos está diciendo es:

“He perdido todo el control sobre mis emociones y sobre mi mismo, los sentimientos negativos se han apoderado de mi y soy incapaz de manejarlos”

Si en esos momentos castigamos a nuestro hijo, de la forma que sea (mandándole a su habitación, pegándole un bofetón, amenazándole con retirarle un privilegio) estamos generando tal cantidad de sentimientos negativos nuevos, que difícilmente supondrán una enseñanza positiva para él.

Un ejemplo: María se encuentra en plena rabieta. Está totalmente desbordada por una situación que no puede manejar (está cansada y tiene hambre, pero su propio cansancio le impide decidir qué quiere comer. Por un lado quiere ser mayor y decidir por sí misma, pero por otro, no se encuentra capaz de hacerlo. Esto genera en ella unos sentimientos muy intensos de frustración que, unidos al cansancio, la desbordan. En el preciso momento en que se siente así de desbordada, recibe una marcada regañina, acompañada de insultos, quejas y un “vete a tu cuarto”.

Así que inmediatamente, se generan en ella una serie de nuevos sentimientos que se suman a los que ya tenía:

– se siente dolida por la regañina.

– Frustrada por no ser comprendida.

– Resentida por la falta de ayuda de sus padres.

– Incapaz de devolver la agresión que ha recibido.

– Temerosa de recibir más castigos.

Resultado: más sentimientos negativos que antes.

Es posible que el castigo haya detenido su rabieta, pero lo ha hecho por miedo. Los sentimientos que ese castigo han generado, permanecen dentro de la niña. Quizá ahora no puedan expresarse, pero lo harán más adelante, de diferentes formas (o de la misma). 

Por este motivo, ante una rabieta, el castigo, tenga la forma que tenga, es una medida inaceptable. Quizá eficaz a corto plazo pero totalmente ineficaz como medida educativa. 

La forma más útil de manejar las rabietas es cualquiera que incluya en su forma:

La comprensión de los sentimientos profundos del niño.

El acompañamiento, bien sea permaneciendo a su lado, bien sea estando disponibles.

El recibimiento, cuando el niño ha sido capaz de sobreponerse y acude a nuestros brazos en busca de consuelo.

La información, por parte de los padres, de los límites que poco a poco deberá interiorizar nuestro hijo para poder expresar esos sentimientos: 

a)con ciertas personas: aquellas que sean capaces de comprender empáticamente lo que está sucediendo.

b)en ciertos momentos:

c)en ciertos lugares: la privacidad de la familia o de las personas más allegadas.

Y además… 

– Recordar nuestros cambios: quizá nosotros ya no nos acordamos de esos dos años, de ese momento en que dejamos de ser bebés para ser niños, pero seguro que todos podemos recordar el momento en que dejamos de ser niñas/os para ser mujercitas (u hombrecitos), o el momento en que dejamos de ser hombres y mujeres para convertirnos en hombres-padres y mujeres-mamás. Algo quedó atrás entonces, algo perdimos en la transformación pero todo ello nos hizo mejores. ¿Quién no recuerda ese sentimiento de nostalgia infinita por aquello que no volverá? ¿Quién no se ha sentido solo y perdido, sobrecogido al experimentar nuevas experiencias? ¿Excitado y confuso al estrenar aspectos de uno mismo (el yo universitario, el yo trabajador, el yo novio/a )? ¿Quién no ha llorado amargamente por aquello que un día fué y celebrado después aquello que es? 

Si tenemos en cuenta estos sentimientos podremos estar más cerca del corazón de nuestros niños.

– Contener sus emociones: en esta etapa los límites son fundamentales. Pero no hay que confundir límites con limitaciones. Los límites dan seguridad y permiten crecer con un marco de referencia, mientras que las limitaciones generan una pobre autoestima y falta de confianza en uno mismo. El secreto está en fomentar y permitir en lo posible la independencia, la toma de decisiones y la expresión de sus emociones… al tiempo que se le muestra a nuestro hijo (delicada pero firmemente) dónde se encuentran el tono emocional y de conducta que le permitirán crecer mejor y en armonía consigo mismo y su entorno (es decir, intentar mostrarle qué conductas y manejos afectivos le resultarán más útiles para desenvolverse en la vida y llegar a ser felices). Esta tarea es quizá la más difícil de esta etapa, pues la coherencia, el consenso en la pareja y la tranquilidad y convicción en lo que uno hace son fundamentales para que el niño interiorice bien el mensaje.

– Poner palabras a sus sentimientos y momentos de crisis: contarle cuentos, ponernos a nosotros como ejemplo (cuando yo era pequeño como tu..) o hablar directamente y sin tapujos de lo que pensamos que les está sucediendo.

– Reforzar la unión de la pareja: Las crisis de los hijos suelen serlo también de los padres, de modo que es posible que una crisis de la pareja también se derive de estos años. Los diferentes puntos de vista en cuanto a la puesta de límites, las diferentes herramientas personales de cada miembro de la pareja para abordar las rabietas y diferentes estados de ánimo de los pequeños, etc, suelen ser motivo de conflictos que o bien se hablan y resuelven, o bien “se quedan ahí” impidiendo indirectamente que nuestros hijos perciban el clima de armonía que necesitan para madurar en esta etapa.

– Tener la certeza de que lo superarán. Confiar en la capacidad de nuestros hijos para superar los obstáculos (en vez de quedarnos anclados en su sufrimiento) y hacérselo saber es un motor para su autoestima.

Violeta Alcocer.

Veinte minutos a su lado


Un niño que se acuesta cuando realmente necesita no tarda más de veinte minutos en dormirse.
Hablemos de todo lo que sucede o puede suceder en esos veinte minutos acompañados.
Por ejemplo, nuestros hijos pequeños viven sometidos a una gran cantidad de estimulación durante el día, la mayor parte de ella es estimulación visual. De hecho, a partir de mediados del siglo XV la humanidad tuvo a su disposición uno de los inventos más revolucionarios para la transmisión de la información y el conocimiento: la imprenta. Gracias a ella, los signos gráficos tomaron el poder absoluto de la comunicación de masas y se popularizó la transmisión de información mediante medios visuales.
Desde entonces y hasta hoy , hemos sumado muchas más herramientas para contribuir a una mejor y más rápida destilación de la ingente cantidad de información y datos que manejamos diariamente las personas para desenvolvernos en nuestras culturas modernas.
Luces de neon, televisión, rótulos, semáforos, libros, periódicos, videojuegos, emails, cartelería digital y no digital, señales de tráfico, de wc, videoclips y un largo etcétera.
Nuestros hijos no son inmunes a esta estimulación.
De hecho, resulta hasta difícil establecer un cierto filtro para protegerles de ciertos contenidos visuales, de los cientos que nos rodean constantemente, porque realmente lo que antes era una función meramente paterna o tribal, humana en cualquier caso (ser los principales transmisores de información y educadores de los niños) ahora se ha convertido en una función también electrónica, mecánica y urbanística.
En esto coincidimos casi todos los profesionales que trabajamos con o por la infancia: nuestros niños viven sobreestimulados, permanentemente expuestos a la luz del conocimiento.

Pero así como todo día tiene su noche, toda luz tiene su oscuridad. Y el momento de irse a dormir posee unas peculiaridades que lo hace único para convertirse en uno de los momentos de mayor y mejor conexión con los pequeños. En primer lugar, es un momento en el que la estimulación visual da paso a la estimulación auditiva.
Bajo la suave luz de una vela o una lamparita, la voz de un padre o una madre son como un bálsamo que acaricia los oidos. Bajo el predominio de lo auditivo, la información que se recoge concede prioridad a la palabra, a la lógica del discurso, a la evocación de lo escuchado. Se estimula la imaginación, se ejercita la atención, la escucha activa y la espera.
Al contrario de lo que sucede con la información visual (que tenemos disponible toda de golpe y de forma caótica y masiva), la palabra paterna y en penumbra organiza un discurso que fluye como un hilo de seda hasta los oídos del niño que escucha.
Se abren, entonces, todos los canales, todos los poros, todos los procesos implicados en el “estar con el otro” y , gracias a ello, podemos compartir lo que no hemos podido compartir durante el día. Caricias, susurros, olores, respiración, palabras, una mano.. La tibieza del niño, su energía, su dejarse ir hacia el mundo del sueño.
Podemos comentar lo que fue el día, contar un cuento que sea la puerta de entrada hacia los mejores sueños o murmurar una melodía que nos hable de cuando vivíamos bajo el arrullo del vientre materno.
En la noche, como los búhos, somos unos testigos de excepción. Es el momento en que se suceden las pequeñas (o las grandes) confesiones, el momento en que, acompasando nuestra respiración con la del niño, podemos dedicar un rato a la relajación.
Es el momento de la recogida de ese barquito que ha navegado sólo durante todo el día y ahora llega a puerto con las velas izadas y dispuesto a anclarse en nuestros brazos, un ratito más juntos antes de que el cansancio pueda con todo.

Violeta Alcocer.
Pintura: Francesca Escobar

¿Lo hace para llamar la atención?

Hace tiempo que dejaron de necesitar nuestra ayuda para todo y es cierto que la etapa de las rabietas a todas horas ya pasó, pero, a veces, los pequeños de tres años nos sorprenden con conductas poco habituales que nos descolocan: vuelve a chuparse el dedo o a hablar como un bebé, no quiere ni probar esos macarrones que le entusiasmaban, se comporta como un payasete en los momentos más inoportunos o le da por hacerse pis en las macetas.
Cuando esto sucede, los papás hacemos un rápido repaso de la situación para buscar “traumas evidentes” que expliquen estas excentricidades repentinas o acudimos alarmados al pediatra, esperando un problema de salud inminente. Y descartado tanto lo uno como lo otro, familiares y conocidos apoyan un único veredicto: ¡lo hace para llamar la atención!.

Llamar la atención es una forma de comunicarse
A los que dicen que los pequeños se “portan mal” para llamar la atención no les falta razón, pero se equivocan cuando piensan que tras las llamadas de atención hay mala intención o ganas de molestar.
Al contrario: cuando un pequeño hace un despliegue de conductas poco usuales y las mantiene durante un tiempo (no vale una tontería puntual), lo hace porque su sistema de comunicación se pone en “modo crisis” y necesita que algún aspecto de su vida sea atendido.

¿Y por qué tanto jaleo?:

● Así como cuando era bebé lloraba “en estéreo” cuando algo no iba bien, ahora cuenta con recursos más sofisticados y tan pronto se tira del triciclo en marcha como le da por esconder las llaves de casa en algún rincón oscuro (e inaccesible). En cualquier caso el mensaje es el mismo: “Estoy aquí y no estoy bien, hacerme caso por favor”.

● También es cierto que con la vida acelerada que llevamos, más de una vez se nos pasan por alto las primeras señales que emite el niño cuando algo no marcha (que suelen ser sutiles y requieren de un tiempo y atención diarios que no siempre tenemos para nuestros hijos) y por eso , no es raro que nos preguntemos cómo va su vida sólo cuando “la sangre llega al río”, es decir, cuando tenemos delante la evidencia en forma de pared pintarrajeada, pelo cubierto de gomets o pequeña que se niega a ir al cole.

● Los pequeños, por su parte, aprenden que los mayores no siempre escuchamos sus sutiles mensajes así que es normal que prefieran comunicarse con nosotros “a lo grande”: saben que así les haremos caso. Por eso, resulta indiscutible que cuando un niño hace algo “para llamar la atención” no es por antojo, ni por molestar, ni por hacerse el importante: es porque evidentemente la necesita.

¿Hacerle caso o ignorarle?

Por lo general, cuando consideramos que un niño hace o dice algo “por llamar la atención” , la cultura popular establece que lo mejor en estos casos es “ignorarle”… por temor a ceder a los caprichos del niño y “malcriarle” o a prestar demasiada atención a conductas poco apropiadas y reforzarlas (y por consiguiente mantenerlas).

Sin embargo, interesarse por un niño que llama la atención no significa ni concederle todo aquello que pida saltándose límites y normas de convivencia, ni convertir su conducta en un asunto de Estado y no quitarle los ojos de encima: simplemente consiste en observar, preguntar, formular hipótesis y tratar de comprender qué partes de la vida de nuestro hijo necesitan de nuestra intervención y apoyo. En definitiva: atender es manejar una situación complicada para ayudar a nuestro hijo con sus problemas y restablecer la armonía familiar.

¿Y qué hacemos entonces cuando Martita comienza a quitarse toda la ropa en la cola del autobús o cuando Lucas aparece embadurnado de harina de los pies a la cabeza en mitad del cumpleaños del abuelo? He aquí unas sencillas pautas:

► Ni perder la calma (enfadarnos y ponernos hechos un basilisco, castigando a diestro y siniestro) ni todo lo contrario. La imparcialidad (que no es lo mismo que no hacer ni caso) es una virtud difícil de cultivar, pero muy útil en estos casos.

► Separar las conductas de los sentimientos que las originan, preguntándonos: “¿qué le ocurre a mi hijo?” y “¿por qué llama mi atención de esta manera?”

► Retroceder en el tiempo: la mayoría de las veces el pequeño nos avisa de que no está bien mucho antes de “armar la gorda”.

► Valorar cómo estamos nosotros (nerviosos, preocupados por algo, etc..) pues aunque no lo creamos, los niños perciben perfectamente las tensiones y ansiedades que padecemos a los mayores y les pueden afectar a ellos también.

► Encontrar tiempo para estar con nuestro pequeño en exclusiva (compartiendo un cuento, una mañana, un paseo, un juego..) e interesarnos honestamente sobre los distintos ámbitos de su día a día (el cole, los abuelos, la cuidadora, los nuevos amigos, la profe, el hermanito, etc..).

► Establecer pautas para el manejo concreto de las conductas manifiestamente negativas (por ejemplo, si todos los días tira –voluntariamente- parte de su cena a la alfombra, lo lógico es que nos ayude después a recogerla, haciéndose así responsable de sus acciones) y, en paralelo, tratar de solucionar y prestar atención a la verdadera fuente del malestar (por ejemplo, si es cosa de celos, pasar más tiempo con él o, si es una preocupación relacionada con el colegio, hablar con la profe, hacer algún cambio en sus rutinas, etc..).

► Transmitirle el mensaje de que todos los sentimientos son aceptables pero no lo son todas las conductas: podemos sentirnos muy mal por el motivo que sea, pero eso no nos da derecho a romper nuestros juguetes o a sacarle la lengua a todos los vecinos. Se trata de ayudarle a encontrar formas alternativas para expresar su malestar cuando las cosas le vayan mal (esto incluye también un esfuerzo por nuestra parte, sobre todo en forma de observación y escucha diarios).

Puede haber muchas causas
Muchos niños comienzan a tener celos del hermanito pequeño no cuando éste nace, sino un poco más adelante, cuando el chiquitín comienza a mostrar logros importantes como sentarse o ponerse de pie, cosa que puede ocurrir cuando el mayor tiene ya tres o cuatro años; y también es el primer año de colegio, con todos los esfuerzos de adaptación y nuevos aprendizajes y exigencias que ello conlleva, o el año en el que se afianza el lenguaje y con él el pensamiento lógico y la comprensión del mundo que le rodea (con sus alegrías y ansiedades) y, quizá, el año en el que empiezan a pasar más tiempo lejos de papá y mamá.

Algunos problemas…

■ Habla como un bebé y se chupa el dedo. Hay que tener en cuenta que el desarrollo no es algo lineal sino que es como “un acordeón” y puede suceder que, por diversos motivos, nuestro hijo necesite dar un paso atrás para luego dar dos o tres adelante. Muchas veces los niños necesitan comprobar que les queremos igual que el día en que nacieron (cosa fácil… ¡puesto que les queremos más!) o que, pese a hacer tantas cosas ya solitos, pueden contar todavía con nuestro calor, cobijo, ayuda y cariño, como cuando eran bebecitos. Si le demostramos que nuestro amor es incondicional (aunque haya hermanitos en el camino), pronto recuperará la confianza en sí mismo y volverá a ser “grande”.

■ Se hace pis de nuevo. Nos sorprenderíamos de la cantidad de niños que, una vez abandonado el pañal y con control de esfínteres aparentemente perfecto, vuelven a hacerse pipí pasado un tiempo. Muchos tienen escapes reiterados cuando comienzan el colegio y casi durante todo el primer año, un día sí y otro no vuelven a casa con la ropa mojada en la mochila: es normal, pues, aunque vayan al cole felices, tienen que estar atentos a demasiadas cosas a la vez y a veces descontrolan en lo más básico. También a esta edad, que pueden mantener la atención durante más tiempo en los juegos, se “enfrascan” de tal manera que se les olvida el pequeño detalle de ir al baño.
Otras veces, nos demuestran que se sienten mal o están enfadados haciendo pis o caca en algún lugar de la casa (el paragüero, una maceta..) o vuelven a mojar la cama por la noche.
Para todos los casos la solución es sencilla: paciencia, información adecuada (el pis y la caca se hacen en su sitio, cuando sientas ganas no debes esperar, etc..), no darle demasiada importancia al asunto (si le regañamos mucho o nos contrariamos en exceso, el problemita se nos puede convertir en un problemón) y (en el caso del pis nocturno), ofrecerle si quiere usar braga-pañal por las noches durante unos días, hasta que vuelva a amanecer seco.

■ No quiere comer. Si un niño de tres años deja de comer “absolutamente” (es decir, no ingiere nada de nada durante un día entero) entonces hay que acudir al pediatra para ver qué ocurre. Pero si un niño de tres años atraviesa una etapa en la que “come menos” pero aún así se le ve contento, se mueve y acude al baño con regularidad… es posible que no se trate de ninguna llamada de atención, sino más bien de la evolución natural del apetito del niño. Como bien explica el pediatra Carlos González, a partir del año de edad y hasta los cinco o seis años, si bien la energía necesaria para moverse aumenta, la necesaria para crecer disminuye de forma espectacular puesto que el ritmo de crecimiento es mucho más lento que en los años precedentes: el resultado es que con tres años puede que el niño necesite comer lo mismo o menos que cuando tenía uno.
Los gustos también cambian, y no es extraño que de la noche a la mañana aborrezca los espárragos o la lasaña de berenjenas.
Y por otro lado, el menú escolar no siempre es igual de rico que el de casa y a algunos niños les cuesta adaptarse (aunque habrá otros que prefieren las lentejas del cole a las de mamá).
En cualquier caso la consigna (aunque podemos invitarle a probar esto o lo otro, o intentar adaptar un poquito el menú a los gustos del peque) es que nunca hay que presionar a un niño para que coma: la comida debe ser un placer voluntario y las sensaciones de saciedad son cosa del que mastica y traga.
Si, aún con todo, observamos que nuestro hijo se muestra especialmente inquieto y negativo a la hora de comer, podemos preguntarnos (y preguntarle) qué es lo que le hace sentirse tan enfadado como para “no abrir boca”: es posible que si conseguimos verbalizar el problema, ya no sea necesaria la comida para “hacernos saber que algo va mal”.

■ Se despierta por la noche. Si bien es cierto que a partir de los tres años ya casi todos duermen “del tirón”, tampoco es raro que atraviesen etapas puntuales en las que vuelven a despertarse por la noche. Los despertares pueden estar relacionados con pesadillas o sueños intensos (y en ese caso necesitan que papá o mamá acudan a su lado para tranquilizarle) o con la necesidad de pasar más tiempo junto a los que más quiere (si los padres trabajan, no es raro que sólo les vean para el baño, la cena y poco más). Independientemente de que le llevemos de vuelta a su cama o no, lo realmente importante en estos casos es que si reclama nuestra atención por la noche, lo que hay que hacer es intentar pasar más tiempo juntos durante el día o, al menos, compartir un buen rato de cariño antes de dormir (por ejemplo, leer cuentos juntos, cantarle una bonita nana, hacer unos mimos o repasar lo que ha hecho durante el tiempo que no hemos estado juntos).

■ No quiere ir al cole. Cuando un niño no quiere ir al cole, tenga la edad que tenga, es importante averiguar por qué. Ni todos los niños llegan a los tres años con el mismo nivel de madurez (y siendo éste su primer año, puede ser que al pequeño le esté costando mucho trabajo adaptarse a su nuevo entorno, los demás niños o la profesora) ni todos los colegios son perfectos (y puede ser que nuestro hijo tenga algún problema, desde un niño que le pega hasta una cuidadora del comedor poco sutil), de modo que un rechazo tan temprano puede estar indicando tanto lo uno como lo otro.. y por ello es fundamental aclarar los motivos de su negativa y hacer todo lo que esté en nuestras manos para mejorar su vida escolar.
La actitud paterna hacia el colegio también influye poderosamente en la percepción que el peque tiene de su nuevo centro: si toda nuestra relación con el cole (profesores, dirección, otros papás y mamás, etc..) se queda en la puerta de entrada o criticamos abiertamente a los profesores u otras familias delante del pequeño, es normal que piense en el cole como un sitio ajeno o poco grato, que no tiene mucho que ver con él ni su familia.
Y por último, las prisas matutinas y un descanso insuficiente a veces convierten el momento de ir al cole en un problema diario (regañinas, amenazas, etc..) que estresa al niño más de la cuenta: adelantar un cuarto de hora el despertador (y acostarse un poquito antes por la noche para descansar bien) nos ayudará a todos a comenzar el día “en positivo”.

Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright).
Ilustración: Meritxell Montiel.

Pásatelo bien!


Hace años leí un artículo que me marcó. No recuerdo el autor (la memoria no es lo mío) pero su mensaje me caló hondo y me invitó a hacer una de esas reflexiones que se prolongan durante años y que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en uno de los muchos hilos que guían nuestras acciones cotidianas.
Así que para empezar, ya que no recuerdo su nombre, por lo menos quiero agradecer a esta persona lo mucho que me regaló con su bonito artículo.
En el texto el autor hablaba de su infancia y  su juventud y de cómo se sentía un privilegiado porque su madre siempre se despedía de él diciéndole : “pásalo bien” en vez de “ten cuidado” o “portate bien”. El discurso que seguía  venía a decir que lo que le agradecía profundamente a su madre era el hecho de no haberle obligado a crecer con miedo, concretamente con miedo a ser feliz y que esos “pasalo bien” a lo largo de los años los incorporó como parte de sí mismo y que mucho tiempo después, ya maduro, se consideraba una persona con capacidad de afrontar los retos con optimismo. Él pensaba que parte de su actitud ante la vida se la debía a los “pasalo bien” con que su madre regó su infancia.
La actitud y las palabras de esa madre dicen mucho de ella y, además, encierran en sí mismas toda una rebelión contra lo establecido –que el niño nunca intuyó ,pero el adulto sí- y, por encima de todo, una confianza absoluta en el hijo que tenía. Imagino que esas palabras, además, se acompañaron de otros muchos pequeños gestos y tratamientos cotidianos que alimentaron en su hijo lo que más tarde fue una buena autoestima y una actitud ante la vida limpia y valiente.
Cuando uno se despide con un “pasalo bien” , en la puerta del colegio, en casa de la abuelita o en un cumpleaños lleno de niños.. está señalando la posibilidad de disfrute de cualquier experiencia por encima del temor a que al niño le pase algo o “se porte mal”.
De hecho, cuando uno avisa con un “portate bien” parece que estuviera dando por hecho, de manera injustamente profética, que “portarse mal” será el resultado más probable de la jornada. Lo mismo ocurre con el “ten cuidado” o con el mucho peor “haz lo que te digan”.
Y aquí llegamos a otro tema importante, que es la cuestión de cómo los padres muchas veces valoramos a nuestros hijos por sus logros más que por sus procesos y estamos más pendientes de los resultados que del camino que nuestros pequeños recorren para llegar a ellos. Porque a fin de cuentas, ¿qué le deseamos realmente a nuestro hijo cuando se aleja de nosotros rumbo a clase o nos da un abrazo antes de desaparecer tras la puerta de la casa de su mejor amigo? ¿qué esperamos de él, qué objetivo vamos priorizar sobre el resto? ¿su conducta o su vivencia?
“Pasalo bien” es contundente y encierra en sí mismo un punto de partida excelente (“cualquier experiencia puede ser disfrutada”) , una gran confianza en nuestro hijo (“sé que te vas a manejar bien tu solito ahí donde vas”) y la sana elaboración de todos esos temores que inconscientemente le colocamos al niño cada vez que nos separamos de su lado (“algo horrible te puede pasar o algo vas a hacer fatal”.).
Es también una sana crítica contra lo establecido y cuestiona a una sociedad en la que parece que lo único que importa es la frivolidad del correcto desempeño y en el que la diversión sólo está vinculada al ocio y a la desconexión (o a “portarse mal”)… nunca al trabajo, al cumplimiento de los compromisos personales o a las pequeñas rutinas diarias que tan felices pueden llegar a hacernos en realidad.
Incluso más allá de todo eso, refleja además un optimismo brillante, una bella actitud ante la vida  y transmite uno de los mejores mensajes que puede recibir un niño: adelante,  hoy puedes disfrutar, puedes ser feliz,  tienes mi complicidad para pasarlo bien; puedes equivocarte sin temor y todo ello en la confianza de que cuidarás de ti mismo lo mejor que sabes y te comportarás de la mejor manera que puedas.
Es un deseo de felicidad expresado sin reservas… y lo cierto es que no se me ocurre mejor buenaventura. 

Violeta Alcocer.
Ilustración: Patricia Metola.